
La tibia luz de la mañana aun naciente acariciaba las vidrieras y caía suavemente sobre los bancos atestados. Las velas danzaban en la absorvente oscuridad de las capillas laterales, donde las vírgenes marmoleas de ojos sin mirada y los cristos agonizantes, eran testigos de la morbosidad del pueblo. Sus silenciosas presencias proyectaban una densa sombra que lentamente consumía a los curiosos espectadores. Los ángeles de piedra parecían formar parte de la audiencia, sus alas (anclas, en realidad) temblaban ante las delirantes llamas de los cirios como mecidas por el viento. En el coro vacío, un eco sobrenural ascendía y retumbaba contra las altas colummnas. Y frente al altar, y ante las agujas invisibles de mil pupilas clavadas en su cuerpo derrotado y su alma desnuda... Guilles de Rais sollozaba con el rostro hundido en las manos.
¿Cuantas veces se habría arrodillado bajo la cruz y habría rezado por su alma, por el perdón, por la victoria...?
...Juana... tintada por el color de las vidrieras.
Sumida en sus plegarias; iluminada bajo los cabellos de Dios; dormida en tierra, despierta en el Edén...
Todo mentira.
Mentiras, mentiras, mentiras, mentiras, mentiras...
Ya era hora de contar la verdad.
